Esperando la Marea

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    Simbiosis

    A veces uno se bloquea y no sabe qué escribir. La página en blanco se torna entonces el peor de los monstruos conocidos, y parece mofarse de nuestra angustia, como si nos retara a rellenar su superficie con algo más que exabruptos sin sentido. Es el instante más solitario que concibo: un hombre solo contra la creación, atrapado en una especie de duelo místico que no todos son capaces de comprender.

    Durante esos momentos críticos, la mente parece tomar la sustancia de un ladrillo introducido a presión dentro del cráneo, incapaz de realizar las oportunas y naturales conexiones dentro de la red neural. Las ideas son pegajosas, lentas, deslavazadas, como el mundo visto a través de un cristal empañado. Y nada surge de nuestro interior. Nos hemos quedado vacíos de repente, expulsados de un plumazo de ese universo de pensamiento en el que nos gustaría nadar.

    Los psicólogos dicen que es el stress, el ansia de volcar palabras, lo que nos limita y nos impide crear. Nos recomiendan recostarnos en nuestro sillón y dejar la mente en blanco, desintegrar ese ladrillo denso y malvado a golpes de… nada. Dejar flotar el espíritu, hasta que se alce con dirección al infinito y llegue a algún lugar de maravilla en el que nunca hemos estado. Allí quizá conozcamos a alguien, o a varios alguienes, quién sabe. El problema es encontrar al adecuado, a ese personaje que posee una característica especial que le distingue del resto, que hace o dice cosas que a nadie podrían dejar indiferentes. Una vez que lo encontremos, es labor nuestra perder la timidez e invitarle a una copa, pedirle que nos cuente por qué caminos ha discurrido su vida, cómo llegó hasta ese lugar que ahora frecuentamos, qué espera conseguir con su estancia. Es posible que nos confiese sus intimidades, que abra su alma, depositando en nosotros una confianza que no merecemos.

    Porque los escritores somos como sanguijuelas, agazapados en cualquier lugar, esperando encontrar a ese alguien que nos preste su vida para chupársela y verterla sobre las cuartillas. Después la disfrazaremos, la pintaremos con colores y texturas que sólo existen en nuestra imaginación, la haremos discurrir por senderos y escenarios a los que hemos llegado dejando vagar los ojos de la mente hacia el vacío en el que se reúne todo lo posible y lo imposible, hasta moldear una historia que a vosotros, los lectores, os pueda interesar.

    En el fondo, todo es una cuestión de simbiosis.

    2006-01-28 13:13 | Categoría: | 2 Comentarios | Enlace

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    Comentarios

    1
    De: RM Fecha: 2006-01-28 13:16

    Curioso... yo llevo días dándole vueltas a la idea de que un escritor es, en efecto, un vampiro de las vidas de los otros.

    Y del tiempo de nuestras esposas.



    2
    De: V. Fecha: 2006-01-28 15:02

    Sí señor. No por muy bonito es menos cierto.
    Y muy cierto lo que dice RM, sólo que se le olvida la principal víctima del vampiro escritor: el escritor mismo.



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