
Cuando pasas la friolera de dieciséis años de tu vida leyendo una historia, ésta ha de calarte por fuerza, de lo contrario no serías humano. Llega un momento en que los lugares de esa narración te son tan familiares como tu propio barro, o tu propia ciudad, y los personajes casi llegan a ser amigos íntimos, gente a la que conoces incluso mejor que a ciertos tipos y tipas que te rodean en el mundo real. Eso es lo que me ha pasado a mí, y a muchos otros, con la saga de la Torre Oscura, del maestro Stephen King. Devoré la primera novela, “La Hierba del Diablo” allá por el año 1989, antes incluso de conocer a mi pareja. He terminado el séptimo y último libro, “La Torre Oscura”, hace un par de días, cuando tengo a mi alrededor dos enanos que entorpecen sobremanera (y que sigan haciéndolo) mis labores de lectura y escritura.
¿Qué puedo decir? Pues que he disfrutado hasta la última palabra, hasta la última escena, hasta el final que se te clava como una lanza en el costado y te hace apretar la mandíbula, cerrar el libro, y suspirar (quizá por alivio, quizá porque no te merecías esto) muy profundamente. Sólo diré que no me ha defraudado lo más mínimo, que ha merecido la pena la espera.
A lo largo de esas miles de páginas que el autor ha tardado treinta y cuatro años en escribir (más de la mitad de su vida) he aprendido cosas que ningún otro libro ha logrado transmitirme. He reído y he llorado con Roland, Jake, Eddie, Sussannah (antes Detta/Odetta) y el extraño Acho. A lo largo de sus aventuras he visto paisajes asombrosos y terribles, he sido testigo de las acciones más elevadas y de las tretas más salvajes y cobardes. He contemplado la decadencia de un mundo “que se movía”. He aprendido lo que es el
ka, y que éste nunca deja de moverse; he asimilado que hay acciones en la vida que te pueden llevar a olvidar el rostro de tu padre, y que eso no es bueno.
Repito: ha valido la pena. Las generaciones venideras, que podrán leerse la obra de un tirón, libro tras libro, sin tener que esperar años entre tomo y tomo, quizá no tengan la misma visión, y es probable que conceptos tales como honor y servidumbre sean términos que ni siquiera comprendan. No lo sé, no es mi problema.
Todo es
ka, ya lo saben.
Ahora sólo importa que, por fin, el joven Roland a la Torre Oscura llegó.