
No sé ustedes, pero yo me encuentro muy a menudo con seres humanos (por llamarlos de alguna manera) cuyos cerebros parecen estar destinados únicamente a sostener el hueso del cráneo y, por ende, su cabellera. Mi abuelo solía llamar a ese tipo de engendros con el epíteto de “cenutrios”, el mismo apelativo que yo utilizo.
Los cenutrios son una extraña raza, de morfología diversa, que aparecen y se reproducen en todos los estamentos de nuestra sociedad. Su función primordial, según estudios bastante exhaustivos, parece centrarse exclusivamente en joder a cualquiera que caiga dentro de su zona de influencia. ¿Por qué? Quiero suponer que ni ellos mismos lo saben. El caso es que son molestos, muy molestos, y logran sacarte de tus casillas, así tengas la paciencia del santo Job.
En mi trabajo los cenutrios, a un lado y a otro de la tarima, son legión. Se dedican a entorpecer cualquier proyecto, a minar cualquier confianza, a sembrar la cizaña y la discordia dentro de un colectivo que ya está de por sí bastante disperso y disgregado. A veces casi puedo verlos, escondidos entre las sombras de sus oscuros departamentos (o de sus oscuros escondites), maquinando su próxima treta, pergeñando las líneas de acción de su siguiente despliegue. Levanta un castillo, e inmediatamente una horda de cenutrios aparecerá para echarlo abajo; llega a ser increíble.
Todas las criaturas tienen derecho a la vida, al trabajo, a la libre expresión de sus ideas, pero hay momentos en esta vida en que hasta te cuestionas la validez de esos axiomas, sobre todo cuando has tenido que reunirte con un grupo de cenutrios. Es en ese momento cuando te das cuenta de que, efectivamente, tú también tienes ese lado animal del que tanto hablan los eruditos, y que, otrosí digo, a veces es difícil mantenerlo bajo control.
Enfrentarse a los cenutrios… mejor que el
puenting, oigan. Purita adrenalina.