Esperando la Marea

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    Ser una Isla

    lonely girlEntro en un bar, un bar normal y corriente, casi de pueblo. Nada extraño. He estado aquí cientos de veces; los camareros me saludan, el tenue olor a fritangas y chucherías me recibe igual que un amigo apreciado. Tomo asiento en la barra, siempre en la barra. Es el lugar en el que se prueban las grandes amistades, en el que se cierran los tratos importantes, en el que tomas el pulso de la calle. Busco con la mirada el periódico del día, para echarle un vistazo rápido mientras espero que se enfríe mi descafeinado (en esta ciudad, en La Frontera, sirven lo que los gaditanos en el exilio llamamos “el café del diablo”, tan caliente que hace daño en el paladar). No lo encuentro. Sigo oteando el horizonte hasta que veo a un vejete con un cubata en la mano que se afana en resolver del sudoku del día. Bueno, sólo hay que esperar, tarde o temprano acabará con su paciencia.

    Este bar no suele estar muy concurrido, por eso vengo. Soy así de raro. A estas horas de la tarde, lo que me apetece es el silencio. Me traigo un libro, leo un par de capítulos, dejo vagar mi mente por los aledaños del vacío… a veces salta alguna historia de entre las sombras, o algún personaje. Hoy es diferente. Apenas consigo hacerme con un hueco en la barra, y a mi alrededor los parroquianos muestras rostros contritos y actitudes salvajes. La tensión se palpa en el ambiente, y a punto estoy de dar media vuelta y marcharme, si no lo hago es porque el solícito camarero, sin que yo diga ni una sola palabra, ya me ha puesto por delante el descafeinado de marras.

    Me siento en el taburete, enciendo un Winston, y a punto estoy de abrir el libro cuando decido que no, que el ambiente promete. Sólo tengo que esperar unos segundos, y la crudeza de la vida florece a mi alrededor.

    A la izquierda tengo un grupo de obreros, supongo que de la construcción a juzgar por sus brazos salpicados de manchas de yeso y cemento. Están bebiendo cubatas a las cuatro de la tarde, y desde mi posición puedo oler el tufillo a bodega que desprenden. Cuando los retazos de su conversación me atrapan, casi no puedo dar crédito a lo que estoy oyendo: están discutiendo sobre cuánto le puede caer a uno de ellos por darle una paliza a su mujer, que, por lo visto, quiere dejarlo porque ya no puede soportarlo más. Entre insultos e improperios a la susodicha, mi estupor va en aumento cuando soy testigo de una especie de plan chapucero en el que se cubrirán las espaldas unos a otros para hacer de testigos falsos en el caso de que el tal decida darle la paliza a la cual. La sangre me hierve en las venas, y empiezo a sopesar la idea de inmiscuirme en lo que no me llaman (a riesgo de salir trasquilado), cuando oigo sollozos en las cercanías.

    A mi derecha, una pareja discute.

    La mujer, una chica bonita a la que la vida ha apaleado con saña (sólo hay que seguir las arrugas de su rostro para adivinar el código), recrimina al tipo que la acompaña, entre lágrimas ácidas, que siempre la está humillando, que no se siente valorada, que la hace sentirse como una mierda. La cháchara desvaída esta víctima en potencia es imparable, una a una va desgranando sus miserias, con un tono de voz cada vez más alto y aturrullado. Así me entero de que su anterior pareja la maltrataba, que ha estado cerca de un año en tratamiento para poder salir del agujero en el que la arrojó su ex, y que no está dispuesta a pasar por lo mismo. Que él es bueno, que él no la maltrata físicamente, pero que a veces inflingimos heridas invisibles que duelen mucho más. Él la abraza, intenta consolarla, y yo vuelvo la mirada hacia el grupo de obreros, que continúan con su plan nauseabundo.

    Delante de mí, una camarera mira la pantalla de su móvil, y una lágrima rueda por sus mejillas. Es una chica joven, que mi mujer y yo conocemos de vista, de verla en algunos lugares comunes. Por eso sabemos que está liada con un tío casado. Me puedo imaginar el resto.

    Echo azúcar al café, que ya está tibio, y oigo que otra discusión ha estallado a mi espalda. Ni siquiera me doy la vuelta para saber de qué va la vaina. Bajo la mirada, y miro mi libro. Todo es eventual, de Stephen King. ¿Y yo soy un friki? La verdad es que me siento un isla de normalidad en medio de tanto caos, porque los comportamientos que veo a mi alrededor, todos, son tan ajenos a mis pensamientos y a mis directrices mentales que me siento como un alienígena que acabara de desembarcar en este puto planeta, en este valle de lágrimas que dirían los cristianos.

    Sí, cada vez estoy más convencido de que soy una isla rodeada por un mar de estupidez y de mendacidad ética, un océano poblado por tiburones hambrientos, con comportamientos tan instintivos y reptilianos que ni siquiera se dan cuenta de ese bien tan preciado que tienen entre las manos: la vida.

    Apuro el café de un trago, dejo el leuro encima de la barra, y huyo literalmente de allí, hacia el aire de primavera, hacia la nevada de pétalos violetas que cae en esos momentos sobre una calle cualquiera de un pueblo cualquiera. Voy a recoger a mi hija, que está en clase de ballet, con una herida abierta en el corazón: saber que en cualquier momento de su vida podrá encontrarse con algún hijoputa que le amargue la existencia, a ella y a todos los que tenga a su alrededor.

    2006-05-18 23:35 | Categoría: Speaking in Tongues | 2 Comentarios | Enlace

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    Comentarios

    1
    De: V. Fecha: 2006-05-19 09:33

    Como dijo alguien en mi blog el otro día, a la vida no hay quien la resista...
    Amargadito me has dejado; que tengo una criatura fémina de tres añitos, joer.

    V.

    POst: ah, en "Todo es Eventual" hay algún relato cojonudo. ;-)



    2
    De: AMS Fecha: 2006-05-19 11:02

    Desde luego no hay mas que ponerse a observar para deprimirse.
    La vida es "asín" de jodia y puñetera.
    Juaki, creo que hay mas isla por ahí. Juntándonos podríamos hacer un bonito archipiélago.
    Saludetes
    Pd.
    ¿Ya tienes lo del hotel?



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