Cazando fantasmas
Hoy me he enterado de una nueva profesión que, de tan guay que es, quita el hipo. Se trata de los “cazadores de tendencias”, cool hunters en inglés. La verdad es que ya había leído una novela en la que la protagonista se dedicaba a tal quehacer, aunque no del mismo modo (para el que le interese, se trata de Mundo Espejo, de William Gibson). Por lo visto, en realidad se trata de unos avispaíllos que van por ahí, cámara digital o móvil con cámara en mano, dedicándose a fotografiar a todos los horteras que ven por la calle. Luego, con premura y mucha cara, les cuelan las fotografías a los diseñadores más in (e incluso a otros claramente out) para que estos tengan en cuenta esa tendencia, de momento unitaria, que las grandes empresas de mercadotecnia se encargarán de hacer global.
Unos ejemplos.
Los pantalones por debajo de las tirillas del tanga o de las bragas, las minifaldas por encima de los vaqueros, el hecho de que las pibas vayan vestidas como la del cuento de la cerillera (y lo que pagan por unos harapos, que es de vergüenza), los móviles con pegatinas gilipollas, y así un largo etcétera de barbaridades que ustedes mismos habrán visto por esas calles de dios y del diablo.
No es que me moleste lo más mínimo, cada cual que se busque los garbanzos como mejor le venga, y más si le pagan buenos dineros. Lo que me pone de los nervios es ver cómo nuestra sociedad occidental va involucionando hasta el tribalismo y la absoluta decadencia, todo porque los poderes económicos necesitan ordeñar las cuentas bancarias y ya no saben ni como hacerlo.
Aviso: a partir de mañana voy a ir con unos calzoncillos en la cabeza y unos pantalones de pijama (verdes) sobre las piernas, todo acompañado por unas chanclas del dedo por todo calzado. Si dentro de unos meses intentan cobrarles sesenta o noventa leuros en Stradivarius o Bershka por un modelito parecido, ya saben a quién echarle la culpa.