Vísperas de Magia
No sé exactamente por qué, pero este año estoy yo más nervioso que mi hija pequeña, que lleva desde que se ha levantando de la cama mirando el reloj y calculando cuántas horas quedan para irse a dormir. Son los Reyes, claro, que logran ilusionarme a pesar de mi edad. Por una parte creo que es bueno, porque aún me queda algo de inocencia en la azotea; por otra, me parece que ya soy demasiado mayorcito, no sé si me entienden, y que bien haría en preocuparme por otras cuestiones (la inminente cuesta de Enero, por ejemplo). En fin, cada uno es como es y anda siempre con lo puesto, que decía el amigo Serrat.
Este año he conseguido, por primera vez en mi vida (y tengo cuarenta boniatos a las espaldas) llegar a esta fecha sin acelerones y sin encargos de última hora. La responsabilidad de la madurez, seguramente, aunque mi natural rebelde echa en falta ese apelotonamiento, ese aturrullo de las compras de última hora, que tienen su encanto. Dejarlo todo para el final es una suerte de puenting emocional, durante el que se descarga adrenalina en el torrente sanguíneo, un estado de angustia provocada delicioso y desaconsejable a la vez. Incluso llego a añorar esas broncas de mi parienta increpándome por que era el último día y aún no había conseguido tal o cual Spiderman-que-se-cuelga-de-las-azoteas o tal o cual Bratz-que-tiene-no-sé-qué-vestidito-que-no-tiene-la-otra. Los que tienen hijos me entenderán.
A lo mejor es por ello, oye, que estoy nervioso. Será cosa de considerarlo más detenidamente. En todo caso, deséoles que los Magos del teletransporte (beam me up, Scotty) se porten muy bien con todos ustedes, y les traigan por lo menos algo ante lo que no tengan que poner cara de circunstancias.
Feliz Epifanía.