Hemos sido testigos de muchos cambios a lo largo de nuestras cortas vidas, y los que nos quedan aún por ver. Sin embargo, el cambio que más acuso es el de la frialdad y la desidia de los que me rodean.
Uno recuerda la niñez, incluso la adolescencia, como un mundo cálido, donde el sol lucía más y el frío brillaba por su ausencia. Era un calor que emanaba de las personas, no del sol o de las estufas (las antiguas, las de butano). Todo el mundo parecía tener una sonrisa en los labios, o una palabra amable de cuando en cuando, quizá un guiño cómplice a destiempo. Eran otros tiempos, con otros valores.
Ahora, no sé ustedes, parece que todo el mundo está crispado, enfadado, cabreado, violento, presto a tirar de acero y lanzarse a mandobles contra todo lo que se menea (demos gracias a Crom por haber superado el uso cotidiano de la espada: gracias Crom). Yo esto lo vería comprensible si sólo habláramos de los adultos, perdidos en una realidad que muerte, araña, y devora a todo el que no se mueva a la par de la corriente. El problema es que los jóvenes y los niños también muestran esos instintos asesinos, esa mala educación de hoja perenne, ese mirar con los ojos de la fiera que todos llevamos dentro. Hemos perdido la inocencia, o, probablemente, la hemos cambiado por unas cuantas baratijas brillantes y cacharros que destellan con luces de colores.
Hemos dejado a un lado el contacto humano.
El otro día, durante las vacaciones, me comentaba un compañero docente que no podía más (nada raro, ese mismo comentario lo escuchamos a todas horas a lo largo de la jornada laboral). Yo le miré sin prestarle mucha atención, hasta ahí ha llegado nuestra insensibilidad. Entonces él me devolvió la mirada y me explicó que lo que le tenía harto era la falta de motivación, el vacío insondable, casi palpable, que nos rodea en el aula, como si nosotros estuviéramos en una dimensión y los alienígenas de enfrente se encontraran en otra muy distinta a miles de universos de distancia. Conste que me lo comentaba un tipo de esos que parecen tener recursos para enseñarle geometría a las piedras de la Caleta, y eso es lo verdaderamente preocupante: que gente de su potencial esté empezando a arrojar la toalla y a despedir a su representante viendo el KO que se le viene encima.
La desidia, la carencia de rumbo vital, nos está contagiando a todos. Nadie parece tener ilusión por nada, más allá de canjear los puntos por un nuevo móvil más chachipiruli que el anterior, o por tener más canales de televisión, o por exhibir una ropa (confeccionada por niñas que cobran tres céntimos la hora, no lo olvidemos) más cara y más guay y más fashion que el vecino de al lado. Nuestro sentido de la aventura parece haberse reducido a demostrar lo valientes que somos al cargarnos de préstamos para cosas que realmente no nos hacen ninguna falta. La solidaridad o la lealtad son conceptos tan vacuos que a veces hasta dan ganas de buscarlos en una enciclopedia, no vaya a ser que los de la RAE les hayan cambiado la definición y nosotros no nos hayamos enterado.
Qué curioso mundo éste. La verdad es que me gustaría durar lo más posible (so pena de posponer mi prometida paliza a Crom) para ver en qué acaba todo esto.