Compañeros de Viaje
Hooooola de nuevo, niños y niñas, monstruos y monstruas. Héteme aquí que acabo de volver (bueno, fue el Sábado) de una de esas excursiones de diez días diez con sesenta alumnos sesenta por tierras catalanas, causa por la que, evidentemente, he desatendido la bitácora mucho más de lo normal.
La experiencia ya saben como es, al menos los que se dedican a esto de la docencia: ejercer de padre a tiempo completo con un rebaño de adolescentes hormonados que, en la inmensa mayoría de los casos, salen de su entorno por primera vez en sus cortas vidas. Imagínense a mis pupilos, hijos de uno de los barrios más deprimidos del sur del sur, paseando por la Rambla de Barcelona, discotequeando en Salou (donde la mafia rusa e italiana campan por sus respetos), o admirando boquiabiertos el Barrio Gótico de Barna tras comer en el Hard Rock Café (esto último no estaba previsto: se nos ocurrió sobre la marcha). Era como ver a un grupillo de nativos de Tatooine visitando Coruscant. Sus rostros eran máscaras de sorpresa y desconcierto cuando descubrían por primera vez el Dunkin' Donuts, los mimos estrafalarios, los restaurantes de comida rápida de más de una planta, el FNAC, y tantas otras cosas de las que carecemos los que vivimos en la España profunda, que no digo yo que sean necesarias, pero sí que, al menos, no dejan de ser pintorescas.
Yo lo he pasado estupendamente. Contra todo pronóstico, nuestros alumnos se han comportado de una manera ejemplar, supongo que más por el respeto a lo desconocido que por cualquier otra cosa, y nos han descubierto, como siempre, facetas suyas que desconocíamos por completo debido a nuestra pobre relación basada en el contacto del aula.
Y es precisamente esto lo que me hace reflexionar sobre la pobreza de la relación profesor-alumno. En estas extrañas convivencias, ellos descubren que somos humanos después de todo, y que tenemos nuestro lado simpático (enrrollado, dicen ellos); nosotros descubrimos que, al fin y al cabo, como siempre hemos sospechado, no son más que niños perdidos en el camino de la adultez impuesta por la biología, gente encantadora que sufre miedos y temores que no se atreven a confesar, personas asustadas por la prueba de hombría que se les viene encima.
Quizá haríamos bien en potenciar por decreto este tipo de actividades. A la postre, resultan ser mucho más provechosas que las interminables y tediosas sesiones de tutoría u orientación. Viviendo como vivimos en este complejo mundo de máscaras, este tipo de experiencias demuestran ser una de las pocas maneras de deshacernos de ellas. Al menos por unos días.