Bueno, pues sí, pues allí estuvimos unos cuantos escritores, un par de críticos, y un editor, para hablarles a los que estuvieran interesados sobre esto que nos apasiona que es la literatura fantástica. Yo, personalmente, no sabía muy bien qué hacía allí, en mitad de tanta lumbrera (y lo digo con todo el cariño: todos saben más que yo), pero, qué diantres, no da uno un curso universitario todos los días, y eso hay que aprovecharlo.

El enclave era de lujo por lo tranquilo, y disfrutamos como cosacos sobre todo durante las tardes, que pasábamos bebiendo,nadando en la piscina, algunos tomando baños turcos, y, sobre todo, tertulieando (sí, me acabo de inventar el palabro), que es posiblemente lo que más nos gusta a todos cuando nos reunimos unos cuantos aficionados en torno a una mesa. Siempre es divertido discutir sobre los temas más peregrimos que giran en torno al género, desde los horrorosos trajes que gastan los actores de la última versión televisiva de "Dune", pasando por la digitalización del paquete de Supermán, hasta llegar a hacer una lista virtual de las mayores cagadas históricas en las traducciones de las obras del género. Lo de siempre, pero muy a gusto, muy relajados, muy metidos en el papel de tipos alejados de la realidad.

Surgió el tema, por supuesto, de las reuniones de frikis, y de las convenciones del género (creo que todos pensamos, al menos a un nivel subliminal, que en cuanto nos reunimos más de cuatro ya estamos en una convención, aunque sea a escala nanométrica), de nuestras experiencias en las reuniones a pequeña escala a las que hemos asistido este años, unos en un sitio y los demás en otros. Sólo intercambio de experiencias, nada de arreglar el mundo. Todos tenemos que alegrarnos, a Crom gracias, de poder hacerlo: hace unos años este tipo de eventos hubiera sido impensable.
Nada más, nada menos. Tres días estupendos, con alumnos interesados que tomaban apuntes sobre todo lo que soltábamos por la boca: desde las recomendaciones de libros hasta los pasos que sigue un libro antes de acabar en las estanterías de las tiendas; apuntes sobre cómo crear un mundo coherente, apuntes sobre la historia del fantástico en nuestro país, apuntes sobre los géneros y sus características... Interés, en suma, interés por que las cosas salgan del corral en el que a veces nos empeñamos en meterlas.

Como colofón, la primicia que todos estábais esperando. Sí, ocurrió: Rafa Marín se colocó por fin el uniforme oficial de friki, camisa negra y vaqueros. Agradecédselo a la insistencia de Alfredo Álamo (que no estaba allí, pero se alegrará de que sí estuviera su espíritu), artífice de la superchula prenda (¿sobra alguna por ahí?) que logró convencer al irreductible. Y aquí tenéis la foto para demostrarlo.
Al final, todos caen.