
Leo horrorizado en el blog de
Kotinussa que la Ministra Salgado tiene la intención de gastarse un millón de leuros en poner a dieta a unos cuantos miles de niños “gorditos” de edades comprendidas entre los seis y diez años, siguiendo con su particular cruzada para que los españoles seamos altos, guapos, sanos, y europeos de primera. Y sin supervisión médica, es decir, que serán los maestros de Educación Física y los responsables de los comedores escolares los que decidan qué chaval o chavala necesita ese régimen milagroso que les otorgará en el futuro una vida plena.
Verán, yo fui un niño gordito, y ahora soy un adulto agradablemente corpulento, no sé si me entienden. Pero en la adolescencia y juventud era un puñetero fideo. Lo que soy ahora mismo me lo he buscado por no cuidarme demasiado a partir de los treinta y tantos, y no es precisamente por la alimentación, sino por una falta prolongada de ejercicio físico, que, de verdad, es lo que mantiene a un cuerpo normal (es decir, sin componentes genéticos que lo impidan) dentro de los límites aceptables de masa corporal.
La verdad, no sé qué decir. Me gustaría empezar por llamar GILIPOLLAS INTEGRAL a este ser humano que dice ser Ministra, para acabar por pedirle encarecidamente que se vaya a arreglar el mundo a otra parte, más allá de Laponia a ser posible. Si la medida sigue adelante, este intento de llevar a los niños gorditos al paredón (hay que ser muy cruel para darle a los bárbaros de primaria un motivo más para humillar a sus compañeros), dentro de unos cinco o seis años la Ministra o el Ministro de turno tendrán que diseñar un plan para salvar las vidas de los miles de niños y niñas que sufrirán anorexia o bulimia por culpa de una idiota integral.
Educar a niños y padres en una vida sana, esa es la única solución contra la obesidad. Y las dietas, señora mía, siempre, repito, siempre, supervisadas por un profesional, id est, un médico. Endocrinólogo, a poder ser.