Somos Leyenda
Después de varios posts monotemáticos (no era para menos, como dijo alguien por ahí, el fandom español ha sufrido más en tres días que en los últimos veinte años. Mas las aguas vuelven a su cauce, créanme, buenas noticias en breve), voy a escribir éste, referido a la literatura, desde la más absoluta indignación. Cuando ya creía que una de mis novelas favoritas se iba a librar para siempre jamás de la humillación a la que la ha sometido el cine una y otra vez, van los de Jolivú y vuelven a readaptar una de las historias más inquietantes del pasado siglo. Para estropearla aún más, claro.
Me refiero, naturalmente. a “Soy Leyenda”, de Richard Matheson.
Dicen que lo bueno, si breve, es dos veces bueno. En mi caso, desde un punto de vista de lector compulsivo, he llegado a la conclusión de que es así. Prácticamente todas las obras literarias que me han marcado son de extensión corta, pero ideológicamente tan densas que, a veces, me ha costado años llegar a captar la esencia de sus párrafos en todo su esplendor. Por citar algunas, podríamos empezar con “Heart of Darkness” (El Corazón de las Tinieblas), de Joseph Conrad, un descarnado estudio sobre la vileza del alma humana, el imperialismo, y la cobardía en apenas ciento tres páginas (sonará increíble, pero cuando estudiaba en la facultad dedicamos más de seis meses a analizar el librito de marras); otro ejemplo podría ser “Alice in Wonderland” (Alicia en el País de las Maravillas), del reverendo Dodgson, más conocido como Lewis Carroll, en el que, disfrazado por lenguaje y estructura bajo el aspecto de cuento infantil, podemos entrever los férreos entresijos de la sociedad victoriana y el alma torturada de un tipo enfermo (el autor), atrapado por sus deseos pederastas... Podría seguir, pero lo dejaré para otra entrada. La obra que nos ocupa hoy, ya lo dije más arriba, es “Soy Leyenda”.
Un libro breve, pero denso, en donde se desbrozan todos los miedos e inquietudes del alma humana, y se exponen de forma descarnada todas las emociones del hombre; aunque, sobre todo, es un profundo estudio sobre la soledad, sobre lo que significa “ser diferente”, sobre el intercambio de roles que se produce en las estructuras de la sociedad humana cuando ésta se enfrenta a una catástrofe de consecuencias imprevisibles. La historia, la excusa, ya la sabrán ustedes: un virus acaba con la mayoría de la raza humana, convirtiendo a los supervivientes en una suerte de vampiros (alejados de las convenciones de la literatura gótica). Sólo un hombre, Neville, parece ser inmune, por lo que es acosado por los que antes eran sus vecinos y amigos para que se deje infectar y acabe el eterno juego del gato y el ratón al que todos están abocados.
Pero esto sólo es el telón de fondo. La historia y sus consecuencias son mucho más jugosas e inquietantes.
El libro es magnífico, insuperable. Corto, directo, tan absolutamente fluido que antes de que te des cuenta ya lo has acabado. Te atrapa como pocos, y, esto es lo mejor, lo hace con todo el mundo, incluso con aquellos que nunca han leído una historia fantástica. Porque se trata de una reflexión sobre el poder del alma humana, y ante eso pocos lectores se resisten. Pues bien, así y todo, uno podría esperar que el cine la hubiese tratado como se merece (dado que la narración es casi cinematográfica), y nos encontramos con que nada más lejos de la realidad. Hay dos versiones anteriores, una protagonizada por Vincent Price, pasable, y el engendro perpetrado por Charlton Heston (el del rifle) que aquí se tituló “El Último Hombre sobre la Tierra”. Para vomitar. Lo malo es que han anunciado una nueva versión, que recaerá sobre los hombros de Will Smith, y cuya pinta es ya para echarse a temblar. El eslogan, para que se hagan una idea, es algo así como “la lucha titánica de un hombre, liderando a un grupo de supervivientes, por salvar a la humanidad de su terrorífico destino...” Para demandarlos a todos. Lo único que podrá salvarse del film, a tenor de lso rumores que circulan, es que será Johnny Depp el encargado de ponerle voz a esa escalofriante y mítica cantinela que es la famosa frase: “¡Saaaal, Neville!”.
El cine no es que no tenga ideas, es que ya no sirve ni para hacer una adaptación en condiciones de una historia que, adaptada de una forma coherente, sí que pondría los pelos de punta a los espectadores. Con esas intenciones, nos encontraremos con otra de esas películas postapocalípticas del montón que pasarán sin pena ni gloria por nuestras pantallas.
Háganme caso. Olviden la película, corran a comprar el libro (si aún no lo han degustado) aprovechando que hace poco salió una edición baratita de bolsillo. Cuando lean la última página, cerrarán el libro, suspirarán aliviados, y una idea estallará en sus cabezas: “Yo también soy leyenda”.
Todos somos leyenda.