Twisted minds
Cuando decimos que los americanos están locos, o son gilipollas, o son unos fascistas de mucho cuidado, estamos entrando en una generalización absurda que no es, ni mucho menos, justa. Para empezar, “americanos” son todos los que viven en el territorio comprendido entre Alaska y la Tierra de Fuego, luego no es justo confundirlos a todos con “los habitantes de los EEUU”, ese país de fantasía de donde puede surgir desde la obra de arte más excelsa hasta el más capullo de los seres humanos (el linaje Bush es un buen ejemplo).
En segundo lugar, aun ciñéndonos a esa franja del continente americano, al territorio donde el colesterol campa por sus respetos y donde los presupuestos para armas son infinitamente más abultados que los de educación o servicios sociales, no cabe en cabeza humana creer que todos, absolutamente todos sus habitantes, son unos mafiosos sin escrúpulos cuyo único fin en la vida es poco menos que el de convertirse en la policía del mundo. Ha mucho tiempo que sabemos que en la esfera humana pocas cosas son absolutas y muchas relativas, y ésta es una de ellas.
Lo digo porque últimamente me encuentro con mucha gente, con gente adulta, que no entiende esta disgresión que les he soltado en los párrafos anteriores, que tiende a culpar de todos los males del mundo a los estadounidenses de a pie, esos que sufren como usted o como yo los desfases de su gobierno, esos que, en la mayoría de las ocasiones, sólo pueden ver aquello que les muestran los grandes gurús de los medios de masas. A veces creo que son mucho más dignos de lástima que de desprecio, que no tienen la culpa de haber nacido en una sociedad orwelliana que se empeña en lavarles el cerebro desde que acceden al jardín de infancia, donde el Gran Hermano (el inmenso equipo de asesores que rodea al ser humano que se sienta en el Despacho Oval) les vigila y les conduce según sus necesidades.
Conozco a bastantes estadounidenses a causa de mi trabajo. Les aseguro que es fascinante ver el cambio que se produce en ellos después de haber vivido unos cuantos meses en la vieja Europa. Lo malo es que nuestros cachorros, sin quererlo, también están siendo absorbidos por el reflujo de esa marea colonizante que traen las películas y las series de televisión del otro lado del charco, y lo terrible es que ellos jamás podrán darse cuenta de que eso que admiran y desean no es más que un espejismo que sólo es válido en ese mundo de sueños, en esa enorme Disneylandia en la que se han convertido los Estados Unidos de América.