
Anda que no les ha venido bien a los grandes almacenes la fusión de las culturas, de puta madre, oigan, muchas más ventas pa' la buchaca y el descontrol generalizado entre padres y niños en general: me refiero, por supuesto, a la modita esta que se está implantando de mezclar, con una semana de por medio, los regalos del puto gordo vestido de rojo y sus majestades de Oriente. Ser miembros de la más repugnante de las sociedades capitalistas de toda la historia humana es lo que tiene.
Antes (y ahora, que todavía hay reductos), los niños esperaban ilusionados el día 6 de Enero, como marcaba la tradición de estas latitudes. Los padres disponían de tiempo (a veces hasta de dinero) para preparar la visita de los tres tipos vestidos de oro y plata, casi sin agobios y con una perfecta planificación. Ahora, gracias al todopoderoso Corte Inglés y compañía, resulta que los tiernos infantes comienzan a exigir que el gordito de la coca cola (no lo olviden, fueron ellos los que dieron forma al personaje actual allá por los años cincuenta) también abone su diezmo en Nochebuena. Los progenitores, galeotes de los bancos y de la tarjeta, suelen claudicar, poniendo su ladrillo en el muro del egoismo y la permisividad en la que se están educando nuestros cachorros.
Ayer por la noche, rizando el rizo de la estupidez y de la bajada de pantalones ante el consumismo, un conocido programa de actualidad rosa tuvo la osadía de entevistar a un actor vestido de Santa ante una legión de niños pijos que lo miraban con ojos de cordero degollado. Entre líneas, los guionistas del programa habrían sido muy apreciados entre las filas de la propaganda nazi, podía leerse aquello de "comprad, comprad, malditos, que de lo contrario podrá entenderse que no queréis a vuestros hijos". Me parece kafkiano que hallamos llegado a estas alturas, la verdad.
Entre tanto, uno sigue con su labor de desinformación en plan interno, tratando de demostrar a mis hijos, que prácticamente ya están en el ajo, lo ruín y despreciable que es el actual espíritu de la Navidad. A ver si consigo que mis nietos, si los tengo, disfruten un poco más de la ilusión. No como ellos, mis retoños, a los que una banda de Scrooges del nuevo milenio les ha jorobado todas las fiestas del mañana.